El juego espontáneo es el lenguaje natural con el que el niño expresa su mundo interior. La psicomotricidad utiliza este juego como herramienta de observación y como oportunidad para acompañar al niño en el descubrimiento de sí mismo, de los demás y del mundo. Es una herramienta educativa valiosa que se basa en la singularidad de los seres humanos, en la importancia del movimiento y de la experimentación a través del cuerpo, en la valoración de las competencias, en la acogida de las emociones y en la centralidad de las relaciones. La psicomotricidad es un "gimnasio emocional" que ayuda a niños y niñas a desarrollar competencias útiles también en la edad adulta.
La
psicomotricidad es para todos.
Acompaña y apoya el desarrollo
armónico, la regulación emocional y las competencias sociales,
motoras y cognitivas.
Valora
cada tipo de inteligencia y promueve la autoestima y la autonomía.
Da
espacio a la necesidad de movimiento y corporalidad.
Ayuda
a sentirse adecuado en las relaciones.
Sostiene
los procesos de socialización y comunicación.
Favorece
la creatividad y el bienestar global.
Apoya
y valora el crecimiento armónico y global previene situaciones de malestar.
Intentemos entrar en una sesión. ¿Qué sucede?
Cada encuentro se divide en
tres fases.
El
momento inicial: nos sentamos en círculo, nos saludamos,
compartimos historias y recordamos las reglas del juego.
El
juego: 1, 2, 3, ¡ya! El juego comienza y cada sesión es una
sorpresa. Los niños y niñas son libres de moverse en el
espacio, abandonarse al placer y a la fantasía utilizando materiales
no estructurados que pueden ser transformados y reinterpretados. La
psicomotricista observa lo que emerge y relanza, refleja y acompaña
el juego ayudando a crear sentido.
Saltos,
juegos de equilibrio, volteretas... les hacen sentir los límites del
cuerpo, la fuerza. Madrigueras de animales o casas nos hacen sentir
seguros, construir restaurantes nos abre a los demás y nos pone en
juego en la relación. La fantasía y la creatividad junto al placer
de moverse hacen nacer historias, inventos, ocasiones para intentar
estar bien con uno mismo y con los demás. Hacen emerger miedos y
necesidades que en el juego pueden encontrar un espacio seguro para
ser expresados o reelaborados.
La
fase final: nos tomamos un momento para reducir la velocidad y
dejar que las emociones se asienten. A través de actividades como el
dibujo, la lectura o la manipulación, pasamos de la excitación del
juego a un estado de calma antes de despedirnos.