¿Qué es?

El juego espontáneo es el lenguaje natural con el que el niño expresa su mundo interior. La psicomotricidad utiliza este juego como herramienta de observación y como oportunidad para acompañar al niño en el descubrimiento de sí mismo, de los demás y del mundo. Es una herramienta educativa valiosa que se basa en la singularidad de los seres humanos, en la importancia del movimiento y de la experimentación a través del cuerpo, en la valoración de las competencias, en la acogida de las emociones y en la centralidad de las relaciones. La psicomotricidad es un "gimnasio emocional" que ayuda a niños y niñas a desarrollar competencias útiles también en la edad adulta.

¿Para qué sirve?

La psicomotricidad es para todos. 
Acompaña y apoya el desarrollo armónico, la regulación emocional y las competencias sociales, motoras y cognitivas.
Valora cada tipo de inteligencia y promueve la autoestima y la autonomía.
Da espacio a la necesidad de movimiento y corporalidad.
Ayuda a sentirse adecuado en las relaciones.
Sostiene los procesos de socialización y comunicación.
Favorece la creatividad y el bienestar global.
Apoya y valora el crecimiento armónico y global previene situaciones de malestar.

¿Qué se hace?

Intentemos entrar en una sesión. ¿Qué sucede? 
Cada encuentro se divide en tres fases. 
El momento inicial: nos sentamos en círculo, nos saludamos, compartimos historias y recordamos las reglas del juego. 
El juego: 1, 2, 3, ¡ya! El juego comienza y cada sesión es una sorpresa. Los niños y niñas son libres de moverse en el espacio, abandonarse al placer y a la fantasía utilizando materiales no estructurados que pueden ser transformados y reinterpretados. La psicomotricista observa lo que emerge y relanza, refleja y acompaña el juego ayudando a crear sentido. Saltos, juegos de equilibrio, volteretas... les hacen sentir los límites del cuerpo, la fuerza. Madrigueras de animales o casas nos hacen sentir seguros, construir restaurantes nos abre a los demás y nos pone en juego en la relación. La fantasía y la creatividad junto al placer de moverse hacen nacer historias, inventos, ocasiones para intentar estar bien con uno mismo y con los demás. Hacen emerger miedos y necesidades que en el juego pueden encontrar un espacio seguro para ser expresados o reelaborados.
La fase final: nos tomamos un momento para reducir la velocidad y dejar que las emociones se asienten. A través de actividades como el dibujo, la lectura o la manipulación, pasamos de la excitación del juego a un estado de calma antes de despedirnos.